La paciencia de los olesanos se agota con un pueblo lleno de ratas, cucarachas y mal olor: «Nunca había visto una Olesa tan abandonada»
La degradación continuada del espacio público hunde drásticamente la confianza en la gestión de Marc Serradó Mestres
El olor ya no es cosa de una esquina. Hace meses que atraviesa calles, aceras y parques de Olesa a cualquier hora del día. Contenedores desbordados, bolsas en el suelo y una queja generalizada en todos los barrios. «Nunca había visto Olesa tan asquerosa», resume una vecina que lleva toda la vida viviendo en el pueblo.
El Ayuntamiento destina 3,26 millones de euros al año al contrato de recogida de residuos y limpieza viaria. En el recibo de la basura, algunos vecinos pagan cerca de 250 euros. Y lo que describen a cambio es un vecino que asegura haber contado cuatro ratas en una tarde en el parque donde juegan los niños, y otra que explica que las cucarachas le suben por el alcantarillado hasta el segundo piso. «La culpa la tiene el Ayuntamiento: no facilitan que la gente haga bien las cosas, todo lo contrario», sostiene una vecina.
«Nunca había visto Olesa tan asquerosa»
«Es un mal olor que está en todas las calles», describe un vecino. Una vecina sube a trabajar a las seis de la mañana por la calle dels Arbres y explica que allí no se puede respirar. Otra dice que le da pena ver las calles de Olesa así.
El problema ya ha desbordado el punto de recogida. Las calles, explica una vecina, están sucias «no solo en las baterías de contenedores, sino en cualquier sitio de la calle». En la calle Mallorca, la basura en el suelo es «el pan nuestro de cada día». En la Rambla de Catalunya, un vecino describe el pavimento desfasado, los porches sucios y los excrementos de perro, y pide baldearla y vigilarla entre las nueve de la noche y las cuatro de la madrugada. Del parque de Puig Ventós, otro recuerda que las obras de remodelación tenían que empezar el pasado octubre.
Juntos, sin embargo, dibujan un patrón: la queja ha dejado de ser puntual y se ha vuelto transversal, repartida por distintos barrios y por distintas franjas de edad.
Ratas en el parque, cucarachas en las alcantarillas
El vecino que contó cuatro ratas en el parque no se quedó ahí. Advirtió de que, si el Ayuntamiento no tomaba medidas, denunciaría la situación a Sanidad, y dice que ya ha registrado un escrito en el consistorio. En la calle República Argentina, un tramo con tiendas de alimentación y bares, una vecina sostiene que los roedores suben por los desagües y describe una rata muerta en la acera. Hay quienes amplían el mapa hasta la carretera y la zona de Sant Bernat. En la calle Almeria, otra vecina ha tenido que poner trampas en el rellano del segundo piso y reclama más fumigaciones.
«Desde que pasa esto cada vez tenemos más ratas y cucarachas», resume otro residente, que lo vincula directamente al cambio de contenedores.
«Estamos trabajando»: la respuesta sin calendario
La primera semana de septiembre, una vecina pidió públicamente al alcalde una solución para los contenedores y su entorno. La contestación de Serradó tiene dos partes y ningún plazo. La primera, que el Ayuntamiento "trabaja" para ampliar los servicios de limpieza. La segunda, que también trabaja para reconducir los actos incívicos que ensucian la calle. Ambas cosas, concluyó, son necesarias.
La formulación reparte la responsabilidad entre la administración y el ciudadano. Pero la ampliación de la limpieza no es una intención nueva: es lo que ya prometía el contrato adjudicado y desplegado este año. Y el incivismo es el terreno donde el gobierno municipal lleva meses queriendo situar el problema.
La vecina, que había abierto su mensaje disculpándose por aguar el optimismo del nuevo curso, cerró el intercambio con un «gracias, a ver si tienen solución» que resume el estado de ánimo del vecindario.
El contrato de 3,26 millones que debía resolverlo todo
Las cuentas municipales para 2026 destinan cerca de 5,5 millones de euros a Medio Ambiente, de los cuales 3,26 millones corresponden al nuevo contrato de recogida de residuos y limpieza viaria. En Espacio Público van otros 2,77 millones. Sobre el papel, nunca se había dedicado tanto dinero a mantener limpia Olesa.
El contrato llegó con un cambio de modelo: contenedores cerrados con chip, desplegados barrio a barrio entre febrero y mayo. El objetivo declarado era elevar un porcentaje de recogida selectiva que el propio Ayuntamiento situaba en torno al 39%, lejos del 50% que exige la normativa. El concejal de Medio Ambiente, Ivan Carreira, explicó en las sesiones informativas que el coste de verter la fracción resto había pasado de 20 a 124 euros la tonelada en una década.
El despliegue duró cuatro meses. La resistencia, más. El pasado abril este medio ya documentó cómo los vecinos se negaban a usar los nuevos contenedores y dejaban las bolsas en la acera, en una protesta que una vecina resumía sin rodeos: «tendríamos que unirnos todos para boicotear este sistema». Llegaron después las primeras sanciones y el estallido en las redes.
«Una boca de microondas»
Buena parte de las críticas no van contra el reciclaje, sino contra la pieza física. Un vecino compara la apertura de los nuevos contenedores con la de un microondas y recuerda los anteriores, que se abrían con el pie. Otro sostiene que se fuerzan por detrás sin esfuerzo. Varios residentes aseguran que quien busca chatarra los abre cada día sin tarjeta, lo que vacía de sentido el control.
La crítica más elaborada llega por el lado de la accesibilidad. El 10 de agosto, una vecina difundió un manifiesto dirigido al alcalde y al equipo de gobierno: las bocas son demasiado altas y demasiado estrechas para una bolsa doméstica estándar o para pañales, y resultan impracticables para personas en silla de ruedas, con andador o con movilidad reducida. Su conclusión invertía la culpa. Nadie se vuelve incívico de la noche a la mañana por capricho, escribía; si la infraestructura impide depositar los residuos, la acera saturada es responsabilidad del consistorio.
Reclamaba cuatro cosas: reformar las bocas, habilitar un canal digno para los residuos higiénicos diarios, aumentar las frecuencias de vaciado y dejar de culpar sistemáticamente al vecindario. El Ayuntamiento no ha respondido a ninguno de estos puntos.
La oposición, en bloque
La portavoz del PP, Jessica Fernández, lo define como «un sistema impuesto que sencillamente no funciona» y desplaza el foco del debate. «El problema no es si los vecinos doblan mejor o peor una caja; el problema es un modelo autoritario que traslada la suciedad al interior de las casas y colapsa la vía pública», sostiene. Y remata con la frase que más se ha repetido entre los críticos del modelo: «los vecinos no tienen por qué pagar impuestos para hacer de basureros». Los populares ya habían destapado un vacío legal en la ordenanza que ampara las multas.
El PSC va por otra vía: la del contrato. El 9 de agosto hicieron público que el camión que pasó a vaciar los contenedores de la calle Colom, esquina con el paseo del Progrés, acabó vaciándolo en la acera. Y cuestionaban el mensaje oficial de que los contenedores se vacían cada día: «el hecho de que cada día pase un camión no significa que los vacíe todos», sino que cada día se vacía una fracción distinta. Su exigencia es concreta. Si el servicio se presta correctamente, que el Ayuntamiento publique la incoación de expediente sancionador a la concesionaria.
«La política es responsabilidad, planificación, ejecución y rectificación», cerraban los socialistas, que en junio ya habían ido más allá: «El Bloc, ERC y Junts nos toman por tontos».
Quienes defienden el modelo
No todo el vecindario carga contra el Ayuntamiento. Una vecina recuerda que «antes de los nuevos contenedores ya había incivismo» y que ahora parte de la gente se escuda en ello. Otro residente sostiene que cumplir las directivas europeas obliga a veces a gobernar de manera impopular, asegura que el reciclaje ha subido de forma notable desde el cambio y propone más agentes para sancionar a quien ensucia.
El fondo de la discusión es este: si lo que hay en el suelo es suciedad de unos pocos o el síntoma de un servicio que no acompaña. El PSC lo lee como «una forma de protesta de una parte de la ciudadanía», en palabras del concejal Fernando Vicente.
«La gente se queja sin saber»
La defensa más explícita del modelo no ha venido del alcalde. Vino del portavoz de ERC y exalcalde Jordi Parent, que en mayo hizo balance de mandato y atribuyó la protesta al desconocimiento con un «la gente se queja sin saber». Si se recicla bien, argumentó, nada de lo que acaba en el cubo de rechazo huele mal. Sobre las sanciones, la conclusión fue todavía más tajante. «Al final, funcionó», dijo.
El olor que describen los vecinos, sin embargo, no sale de dentro de un contenedor cerrado. Sale de lo que queda fuera.
Ese balance dejó fuera otros capítulos del mandato: la sentencia del TSJC que anuló el cobro de 886.925 euros en cuotas urbanísticas por haber dejado prescribir los plazos y la adjudicación de casi 760.000 euros a una fundación presuntamente investigada por corrupción de la que Serradó es patrono. En junio, este medio reveló que Anticorrupción investiga al Ayuntamiento por presuntos pagos irregulares durante más de una década.
La factura
Hay una cifra que aparece en todas las conversaciones: la del recibo. Un vecino asegura pagar más de 200 euros al año y lo compara con los 80 que abonaba en otro municipio. Una vecina reclama la devolución de la tasa porque dice que tira la basura fuera de Olesa; otra pide una rebaja porque su marido recoge cada día las bolsas que encuentra en el suelo y las mete en el contenedor. «Y por eso nos han subido la cuota», resume otro en una sola línea.
La subida tiene base normativa —la ley obliga a que la tasa cubra el coste real del servicio, y el recibo ha crecido en toda Cataluña—, pero eso no explica por qué coincide con el peor estado del espacio público que recuerdan muchos vecinos.
En el pleno, el portavoz de Olesa Oberta - En Comú Podem, Samuel Rodríguez, calificó las cuentas de 2026 como «el peor presupuesto» del mandato y «quizá de los últimos 6-8 años», con el IBI acumulado un 25% durante el mandato e ingresos aprobados que nunca se han recaudado. Sobre el equipo de gobierno concluyó que nunca ha llegado a gobernar, sino a hacer «una gestión», y que «parece ser que ni siquiera es una buena gestión».
«No sé cómo no te da vergüenza dar la cara»
No todas las quejas son técnicas. Un vecino le ha reprochado al alcalde, sin filtros, que tiene «el pueblo hecho una mierda» y que no entiende cómo no le da vergüenza «dar la cara». Hay quienes ya piensan en medidas de presión: llevar la fracción orgánica a la puerta del Ayuntamiento, o dejar los contenedores desbordados en medio de la calle para que el consistorio se vea obligado a retirarlos.
Ninguna de estas quejas ha recibido respuesta oficial.
El silencio tiene antecedentes documentados. Un vecino asegura que ni las instancias registradas le contestan, «y están obligados por ley». La Comisión de Garantía del Derecho de Acceso a la Información Pública, el organismo de la Generalitat que vela por el cumplimiento de la Ley de Transparencia, ha fallado cinco veces consecutivas contra el Ayuntamiento de Olesa, siempre en reclamaciones de este medio, y dejó escrito que la conducta puede ser constitutiva de infracción muy grave. El patrón es siempre el mismo: no contestar.
Lo que queda por aclarar
Con los contenedores desplegados desde mayo y las municipales en el horizonte de 2027, hay preguntas que la respuesta del alcalde no resuelve. En qué consiste exactamente la ampliación de la limpieza que anuncia. Cuándo llegará. Con qué coste. Si se ha abierto algún expediente sancionador a la concesionaria, tal como reclama el PSC. Si hay un plan de control de plagas para los entornos de las islas de contenedores.
Mientras tanto, Marc Serradó sigue describiendo públicamente su trabajo con una fórmula que eligió él mismo: «Haciendo de alcalde de Olesa de Montserrat». Los vecinos de la calle dels Arbres, del paseo del Progrés y del parque del Estatut llevan meses pidiendo que ese gerundio se convierta en un verbo en pasado: que alguien, por fin, haya hecho algo.