Por esto se extinguieron para siempre las procesiones de Semana Santa en Olesa

Mientras el resto del país abarrota sus calles de costaleros y tambores, el municipio tomó una decisión histórica que transformó por completo su manera de vivir la devoción

Cofradia de la Soledad y Santo Sepulcro | Jose Antonio Cotallo López

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En la inmensa mayoría de los municipios de España, el ritual de la Semana Santa exige que las imágenes religiosas abandonen sus altares para recorrer la ciudad a hombros de costaleros. Los devotos aguardan de pie en las estrechas aceras, asumiendo un rol pasivo y puramente contemplativo frente al desfile.

Sin embargo, a los pies de la escarpada montaña de Montserrat, Olesa ofrece una anomalía fascinante. En nuestras calles no hay rastro de tronos en movimiento articulados por cofradías. Y la respuesta a esta llamativa ausencia no se encuentra en una hipotética falta de devoción religiosa ni en el declive del interés vecinal.

El motivo principal radica en un extraordinario fenómeno de sustitución. La inmensa energía, el dinero y el capital humano de la villa se han dividido históricamente en dos alternativas únicas que rompen por completo con el esquema clásico: un inmenso teatro intramuros y una ruta de arte estático.

El "agujero negro" demográfico de La Passió

La verdadera columna vertebral de la Semana Santa olesana es La Passió. No estamos ante una simple obra de aficionados locales, sino frente a una superproducción teatral con raíces documentadas en el lejano año 1538.

Cada primavera, cerca de mil vecinos entregan su tiempo libre de forma totalmente voluntaria para hacer posible este evento. Este gigantesco esfuerzo colectivo actúa como un auténtico "agujero negro" demográfico que absorbe prácticamente toda la fuerza organizativa, artística y técnica de la comunidad.

La meticulosa preparación de los decorados gigantes, los meses de ensayo actoral y la compleja gestión del recinto no dejan margen físico ni mental para organizar procesiones callejeras. Las miles de horas que otras localidades dedican a entrenar cuadrillas de costaleros o ensayar marchas de tambores, aquí se invierten íntegramente en las bambalinas del teatro.

Las cifras de este drama sacro son arrolladoras. En 1996, el espectáculo ingresó en el Libro de los Récords Catalanes tras lograr la proeza de reunir a 729 actores y figurantes interactuando simultáneamente sobre el escenario. A esta monumentalidad visual se le suma una impresionante banda sonora grabada por la Orquesta Sinfónica del Vallès y un vanguardista sistema de subtítulos simultáneos en inglés y castellano para atraer al turismo internacional.

La alternativa inédita: así funciona la "procesión inversa"

Si el teatro sacia la necesidad de ver acción y movimiento, el deseo de contemplar de cerca las imágenes religiosas se resuelve mediante la veneración de Els Misteris. Esta tradición, consolidada a finales del siglo XVII, propone una mecánica que desafía toda lógica andaluza o castellana.

En lugar de subir las pesadas esculturas sobre estructuras rodantes para forzarlas a desfilar por la calle, las tallas se inmovilizan. Se instalan y decoran minuciosamente en el interior de patios, zaguanes de casas nobles, capillas escondidas y locales emblemáticos del casco antiguo del municipio.

A este vanguardista fenómeno se le conoce como la "procesión inversa". Las frágiles imágenes de madera permanecen a salvo de la lluvia y el viento, estáticas en un entorno íntimo. Son los miles de ciudadanos quienes deben asumir el rol activo y lanzarse a caminar por las calles para descubrir los altares.

Esta ruta inmersiva logra borrar por completo las fronteras sociales al sacralizar de forma efímera espacios puramente civiles durante el Jueves y el Viernes Santo. El contraste patrimonial resulta fascinante, ya que los visitantes pueden admirar la escena de La Piedad dentro de un antiguo molino de aceite preindustrial, o descubrir a El Ecce Homo reposando en el interior de una masía privada. Detrás de la inmaculada conservación de esta cita se encuentra el Col·lectiu Misteris d'Olesa. Esta indispensable asociación ciudadana se encarga de restaurar la delicada policromía de las tallas y de diseñar la ostentosa decoración floral fresca que envuelve cada altar.

Castillos humanos y el fin del ruido callejero

La decisión de eliminar los desfiles de imaginería no implica que la tradición se quede sin movimiento. Olesa satisface la necesidad de acción y coreografía mediante la Mojiganga de la Pasión.

Esta deslumbrante práctica fusiona la devoción teológica con la cultura popular tradicional catalana. A través de nueve cuadros visuales, nutridos grupos de vecinos forman complejas pirámides corporales y castillos humanos sobre el imponente escenario del Teatre de la Passió, lejos del asfalto de las calles. A través del puro equilibrio atlético y al ritmo de la música tradicional, los cuerpos vivos representan escenas dolorosas como la flagelación o el entierro de Cristo, demostrando que no necesitan pasear pesadas figuras de escayola para relatar la historia bíblica.

El paisaje sonoro también sufre una transformación radical. Frente a las estridentes cornetas y el clamor metálico habitual en el sur de España, la localidad apuesta por el recogimiento acústico. Los grandes conciertos de música clásica, como la exigente interpretación del Stabat Mater de Pergolesi en el interior de la parroquia principal, imponen una solemnidad basada en las cuerdas y la polifonía vocal.

El gran motor económico y la eterna rivalidad vecinal

Lejos de ser una mera excentricidad, este ecosistema inyecta un potente chorro de vitalidad económica a la región. Eventos de este calibre se han convertido en productos turísticos de primer orden que dinamizan de forma brillante el comercio local. Durante estas fechas, la localidad frena su dinámica habitual de pueblo dormitorio para transformarse en un hervidero de visitantes.

Además, existe una histórica y feroz rivalidad con la localidad vecina de Esparreguera. Ambas villas presumen de poseer las representaciones de la pasión más monumentales de Cataluña. Esta competencia fratricida funciona como un escudo contra el aburrimiento: la obsesión mutua por deslumbrar al espectador con mejores efectos especiales y mejores escenografías garantiza que ninguna de las dos tradiciones muera jamás de éxito.

En definitiva, gracias al trabajo abnegado de casi mil actores, a la terca conservación ciudadana de sus misterios estáticos y a la dulce tradición de regalar la colosal Mona de Pascua de chocolate a los niños el lunes festivo, Olesa demuestra que blindar sus propias costumbres es la forma más inteligente de resistir a la estandarización global.

Antonio Retamero

Periodista especializado en política, actualidad, sucesos y sociedad. Se encarga de la cobertura informativa diaria, la redacción de noticias y el seguimiento de temas de interés público.

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