De Mussolini a Trump: El totalitarismo de ayer y de hoy bajo la lupa de Félix Figueras

Un análisis que conecta el ascenso de los regímenes fascistas del siglo XX con los retos democráticos actuales

Ilustración de Donald Trump y Mussolini

Anoche, la sala de la Comunidad Minera Olesana, un espacio modesto pero lleno de historia, se llenó de mucha gente. Las paredes daban una sensación acogedora, parecían contener el eco de muchas conversaciones pasadas. La ocasión era especial: Fèlix Figueras, historiador y conferenciante habitual en este espacio, venía a hablar de un tema tan complejo como relevante: los fascismos y los totalitarismos, desde sus orígenes hasta sus sombras en el presente. Entre el público, formado mayoritariamente por personas mayores pero con la presencia también de algunos jóvenes, se notaba una gran atención hacia la charla que prometía ser más que una lección académica: una invitación a reflexionar sobre el pasado para entender mejor el mundo de hoy.

Figueras no era un desconocido para la audiencia. Como recordó el anfitrión, un hombre de voz cálida y sonrisa franca, ya había pasado por esa sala en diversas ocasiones, hablando de temas tan diversos como la República Catalana, el federalismo suizo, el Holocausto y los campos de concentración. “Esta debe ser la cuarta vez, si no me equivoco”, dijo el anfitrión con firmeza, mientras presentaba a un conferenciante que, con su rigor y pasión, siempre conseguía cautivar. Destacó la trayectoria de Figueras: historiador de formación, profesor universitario en Austria durante seis o siete años y antiguo director financiero en una empresa, una combinación que le da una perspectiva única para explicar la historia con claridad y conectar con los debates actuales.

El anfitrión subrayó la importancia del tema elegido. En un momento en que la política global parece oscilar entre la polarización, la desafección y el auge de discursos populistas, entender qué fueron los fascismos y cómo se relacionan con el concepto de totalitarismo es más necesario que nunca. “Tenemos que tener los conceptos claros para no dejarnos arrastrar por doctrinas que no nos llevarían a nada bueno”, advirtió, poniendo como ejemplo la sorpresa que aún genera que 75 millones de personas votaran a un presidente de los Estados Unidos con un estilo “tan grosero”. Con esta introducción, pasó la palabra a Figueras, que comenzó con una advertencia sincera: “No esperéis que os dé una definición clara y precisa de la extrema derecha, porque el problema actual es que cuesta mucho definirla”. Así, con humildad y con ganas de compartir conocimiento, dio inicio a una conferencia que duró más de una hora y media y que dejó al público con más preguntas que respuestas, pero con una comprensión mucho más profunda del pasado y del presente.

Una conferencia en cuatro actos

Figueras estructuró la charla en cuatro partes, como si fuera un libro con capítulos bien definidos. Las dos primeras eran históricas, un viaje al corazón de los fascismos y los totalitarismos del siglo XX. Las dos últimas, en cambio, combinaban historia con actualidad, con un tono más político y reflexivo. “Las primeras partes son para entender de dónde venimos; las segundas, para ver dónde estamos y hacia dónde podríamos ir”, explicó, mientras proyectaba una diapositiva con un esquema sencillo pero claro. Advirtió que el título, “Fascismos y totalitarismos”, no era inocente. Como historiador, sabía que el término “fascismo” está ampliamente aceptado por todas las escuelas historiográficas, desde la marxista hasta la conservadora, aunque cada una lo interpreta a su manera. El concepto de “totalitarismo”, en cambio, es mucho más controvertido. Hay corrientes que lo rechazan, considerándolo una etiqueta que difumina más que aclara. “Cuando pongo este título, ya me posiciono”, dijo con una sonrisa pícara, dejando claro que defendería la existencia del totalitarismo como fenómeno histórico con argumentos y datos.

Primera parte: La Italia de posguerra y el origen del fascismo

La conferencia arrancó con un cuadro vívido de la Europa después de la Primera Guerra Mundial, con un foco especial en Italia. Figueras describió un país profundamente herido: “Italia había ganado la guerra, pero no se sentía vencedora”. Habló de las cuatro crisis que marcaron esos años: la sensación de derrota a pesar de la victoria oficial, un nacionalismo exacerbado que exigía más territorios, una economía en ruinas con millones de soldados desmovilizados sin trabajo, y un sistema político liberal, surgido de la unificación de 1870, que tambaleaba bajo el peso de las divisiones internas. Proyectó una imagen del cementerio de Verdún, con miles de tumbas de soldados franceses y alemanes, para ilustrar el impacto devastador de la guerra. “Esta guerra lo cambió todo”, dijo, recordando cómo hizo caer imperios como el alemán, el austrohúngaro, el otomano y el ruso.

En este contexto, el Partido Socialista Italiano era la fuerza dominante, especialmente en el norte. Con el lema “Fare come in Russia” (hacer como en Rusia), inspirado por la revolución bolchevique de 1917, los socialistas controlaban sindicatos, asociaciones e incluso la vida social de muchas ciudades. “Si el Partido Socialista boicoteaba a alguien en un pueblo, esa persona no encontraba trabajo, no podía comprar, ni siquiera el cura lo enterraba”, explicó Figueras, subrayando el poder absoluto de la izquierda en algunas zonas. Pero esa hegemonía generó miedo entre las élites burguesas y conservadoras, que veían en la revolución rusa un precedente aterrador.

Aquí entró en escena el movimiento irredentista, que reclamaba territorios como Dalmacia o Istria, que Italia no había conseguido en el Tratado de Saint-Germain. Figueras destacó la figura de Gabriele D’Annunzio, un escritor y militar carismático que lideró la ocupación de Fiume en 1919 con un ejército de voluntarios, muchos de ellos veteranos de la guerra. “Fue una acción simbólica, pero muy poderosa”, dijo, explicando cómo D’Annunzio bombardeó Viena con panfletos desde un avión, un gesto que electrificó el nacionalismo italiano. La ocupación de Fiume, que acabó convirtiéndose en una república independiente durante un tiempo, fue un precedente importante del fascismo: una mezcla de militarismo, nacionalismo y desafío al orden establecido.

Benito Mussolini y los Fasci di Combattimento

El nombre de Benito Mussolini apareció inevitablemente. Figueras trazó su recorrido con una precisión casi novelística, pero sin perder el rigor. Explicó que Mussolini, hijo de un maestro socialista, había empezado como revolucionario antimonárquico y antimilitarista. “Era un hombre culto, sabía idiomas, escribía bien y hablaba mejor”, dijo, recordando cómo el Partido Socialista lo nombró director del diario Avanti. Pero la Primera Guerra Mundial lo cambió todo. Mussolini se convirtió en un ferviente intervencionista, rompiendo con los socialistas, que defendían la neutralidad. Fundó Il Popolo d’Italia, un diario que hizo campaña por la entrada de Italia en la guerra, y cuando ésta terminó, aprovechó el descontento de los veteranos para crear los Fasci di Combattimento en 1919.

Este grupo, que inicialmente solo tenía 800 miembros, se reunió en la plaza San Sepolcro de Milán, un lugar que Figueras ilustró con una fotografía de época y una actual. “Si vais a Milán, todavía podéis ver el edificio”, añadió, invitando a la audiencia a imaginarse esos primeros momentos del fascismo. Los Fasci eran militaristas, nacionalistas, antidemocráticos y, sobre todo, antisocialistas. Con el apoyo de la burguesía y las élites, crecieron rápidamente: en 1920 ya eran 20.000, y en 1921, 300.000. “Este número superaba a las fuerzas de seguridad del Estado”, subrayó Figueras, destacando cómo los squadristi, con sus camisas negras, se convirtieron en una máquina de represión.

Figueras explicó con detalle la violencia de los squadristi. Atacaron sindicatos, asociaciones y diarios de izquierdas, como el propio Avanti, que Mussolini había dirigido años atrás. Proyectó una imagen de un grupo de squadristi con camisas negras, armados y montados en camiones, listos para destrozar cualquier oposición. “Cometieron 500 asesinatos políticos en dos años”, dijo, citando un ejemplo concreto: los ataques a Turín en diciembre de 1922, que dejaron 11 muertos y marcas aún visibles en la ciudad. Recordó un discurso de Mussolini en el que decía: “Tenemos que destruir el teatrito de Montecitorio”, refiriéndose al Parlamento italiano, una muestra del desprecio fascista hacia la democracia.

La Marcha sobre Roma: un mito bien construido

Uno de los momentos más impactantes de la conferencia fue cuando Figueras desmontó el mito de la Marcha sobre Roma. “No existió tal como nos la han contado”, afirmó, captando la atención de todos. Contrariamente a la imagen heroica de una multitud de camisas negras conquistando la capital, lo que pasó en 1922 fue mucho más prosaico. Mussolini negoció con las élites políticas y el rey Víctor Manuel III, que le ofreció el cargo de jefe de gobierno. “Mussolini tomó un tren nocturno desde Milán y llegó a Roma durmiendo en una litera”, dijo Figueras, provocando algunas risas. El desfile de 60.000 o 70.000 squadristi en la plaza Venecia fue una celebración posterior, no un asalto.

Crió un diplomático alemán, el conde von Heffler, que en 1922 escribió en su diario: “Los fascistas han alcanzado el poder con un golpe de Estado. Esto puede ser catastrófico para Italia y para Europa”. Figueras destacó cómo algunas voces ya veían el peligro, pero pocos las tomaron en serio. Mostró una fotografía de Mussolini en la plaza Venecia, rodeado de multitudes, y explicó cómo el fascismo aprovechó la euforia popular para consolidarse.

Una vez en el poder, Mussolini no perdió el tiempo. Transformó a los squadristi en la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional, una fuerza de 500.000 hombres que solo respondía al partido y a él mismo. Ocupó instituciones, controló la policía, el ejército, los sindicatos, la educación y los medios. “Uno a pensare, tutti a obbedire” (un pensar, todos obedecer) se convirtió en el lema del régimen. Figueras proyectó una moneda de 1923 con el símbolo fascista, una muestra de cómo el régimen invadió hasta los detalles más cotidianos.

La Iglesia y el fascismo: una relación complicada

Un apartado especial fue la relación entre el fascismo y la Iglesia Católica. Figueras explicó que, desde la unificación de Italia en 1870, los papas vivían como “prisioneros” en el Vaticano, rechazando salir para no reconocer el Estado italiano. Mussolini vio una oportunidad y en 1929 firmó los Pactos de Letrán, que daban soberanía al Vaticano y propiedades como Castel Gandolfo a cambio de apoyo en la educación y de influencia sobre los jóvenes. Pero la relación no fue tan sencilla. “Mussolini dijo: ‘Si la Iglesia piensa que tiene el alma de los italianos, se equivoca. Nosotros tenemos el cuerpo y el alma’”, citó Figueras, mostrando cómo el fascismo quería monopolizar todos los aspectos de la sociedad.

Destacó la encíclica de 1931, escrita en italiano y no en latín, en la que el papa Pío XI atacaba al fascismo por su “estatulatría pagana” y su obsesión por controlar a los jóvenes. “El fascismo no quería compartir el espacio con nadie, ni siquiera con la Iglesia”, dijo. Mencionó también la encíclica de 1937, Mit brennender Sorge, escrita en alemán y leída en las iglesias católicas de Alemania, que atacaba al nazismo por su racismo y panteísmo. “Fue un terremoto”, explicó, recordando cómo los nazis respondieron encarcelando a más de mil sacerdotes.

Segunda parte: Fascismo, nazismo y otras dictaduras

La segunda parte de la conferencia amplió el foco hacia la Europa de 1939, un continente dominado por dictaduras autoritarias. Figueras mostró un mapa que ilustraba el alcance de estos regímenes: la España de Primo de Rivera, la Hungría de Horthy, la Polonia de Piłsudski, la Portugal de Salazar, entre otros. “Muchos de estos regímenes surgieron por miedo al comunismo”, explicó, recordando cómo la revolución bolchevique empujó a las élites a abrazar gobiernos autoritarios para evitar revueltas socialistas.

La Alemania nazi fue el centro de esta sección. Figueras comparó el nazismo con el fascismo italiano, destacando que, aunque compartían rasgos como el nacionalismo y el antiliberalismo, el nazismo tenía una dimensión racial mucho más marcada. Recordó el intento fallido de Hitler de replicar la Marcha sobre Roma con el golpe de Múnich de 1923, y cómo finalmente accedió al poder en 1933 a través de las urnas, con el apoyo de los conservadores. “El fascismo nunca llega al poder solo”, insistió, un punto que repitió varias veces.

Mencionó también el franquismo, que no habría triunfado sin la ayuda de Italia y Alemania. “Sin los aviones y las armas de los fascistas, Franco ni habría empezado la guerra”, dijo, proyectando un mapa de los campos de concentración en España entre 1936 y 1959. Sorprendió a la audiencia con un dato: “Entre 1939 y 1941, España fue el segundo país del mundo con más campos de concentración, solo por detrás de la URSS”. Citó el caso de aquí de Olesa, donde más de 400 personas pasaron por un campo sin haber cometido ningún delito.

Tercera parte: El totalitarismo, un concepto controvertido

La tercera parte se adentró en el concepto de totalitarismo, que Figueras defendió con convicción. Citó a Giovanni Amendola, que en 1923 ya hablaba de un “sistema totalitario” en referencia al fascismo, y a Luigi Sturzo, un sacerdote y político que identificó totalitarismos de raza (nazismo), de clase (comunismo) y de nación (fascismo). Pero Figueras no se limitó al fascismo. Argumentó que la URSS y la China maoísta también eran totalitarias, con millones de víctimas en los gulags y durante la Gran Hambruna de Ucrania. “La URSS tiene el récord de campos de concentración”, dijo, mostrando un mapa con cientos de puntos rojos desde 1923 hasta 1961.

Comparó cifras: 18,8 millones de muertos en los campos nazis, según registros fiables, contra 16 millones en la URSS, según estimaciones, ya que “los soviéticos se preocuparon de borrar la huella”. Mencionó la Gran Hambruna de Ucrania (1932-1933), con 6 millones de muertos, y la represión de la Cheka, precursora del KGB. “No hay duda de que Stalin era totalitario, pero Lenin ya puso las bases”, afirmó, recordando cómo las matanzas empezaron en 1917.

Figueras sorprendió a la audiencia con un ejemplo inesperado: la Ginebra de Juan Calvino, que entre 1541 y 1564 se convirtió en el primer estado teocrático moderno. “Aquí lo inventamos todo”, dijo con un punto de ironía, explicando cómo Calvino impuso una ortodoxia religiosa, social y moral que llevó a ejecuciones como la de Miguel Servet. Cerró esta sección con la Camboya de los Jemeres Rojos, un ejemplo extremo de totalitarismo ideológico que causó millones de muertes en nombre de una “nueva sociedad”.

Cuarta parte: La extrema derecha hoy

La última parte fue la más política. Figueras conectó el pasado con el presente, analizando el auge de la extrema derecha en Europa y en los Estados Unidos. Aclaró que estos movimientos no son totalitarios en el sentido clásico: no tienen milicias armadas, no quieren crear un “hombre nuevo” y no aspiran a controlar todos los aspectos de la vida. Pero advirtió sobre su capacidad para erosionar el Estado de derecho. “Pueden hacerlo controlando la judicatura o manipulando los medios”, dijo, citando el caso de España, donde “si eres catalán te condenan por una cosa, pero si eres español, por la misma cosa no”.

Analizó al AfD en Alemania, que ha ganado terreno en la antigua RDA, y comparó esto con el ascenso de la extrema derecha en Francia tras el declive del Partido Comunista. “Es curioso cómo distritos que votaban comunista ahora votan extrema derecha”, reflexionó, planteando si quienes vivieron bajo un totalitarismo podrían estar buscando otro. Criticó a la izquierda por su incapacidad de formar un frente unido y por recurrir al “mito antifascista” sin ofrecer alternativas claras.

El trumpismo en los Estados Unidos fue otro punto clave. Figueras advirtió que, si el sistema democrático no se mantiene fuerte, podría evolucionar hacia formas más autoritarias. “No lo veo saliendo tranquilamente de la Casa Blanca si pierde”, dijo, recordando el asalto al Capitolio de 2021. Mencionó también al vicepresidente actual, “que no se queda en la sombra como los típicos vicepresidentes, sino que va por Europa repartiendo leña”. Sugirió que el trumpismo está pensado para perdurar más allá de su líder.

Reflexiones finales y debate

La conferencia terminó con un breve turno de preguntas, a pesar de la hora tardía. Alguien lamentó que Figueras no hubiera profundizado en la situación española. “Es otra conferencia entera”, respondió, pero dejó algunas pinceladas. Dijo que España podría estar en un “proceso de fracaso” político, con una izquierda fragmentada que recuerda a la Italia de 1919-1921, incapaz de ponerse de acuerdo para defender el sistema parlamentario. Mencionó el caso de Podemos, que parece querer forzar una crisis de gobierno, una táctica que comparó con los errores de la izquierda italiana antes del ascenso de Mussolini.

Cerró con un llamamiento a la vigilancia: “Cuando se pierde una batalla de la democracia, es muy difícil recuperarla”. La audiencia, visiblemente impactada pero agradecida, lo despidió con un aplauso largo y sincero. La charla de Figueras no fue solo una lección de historia, sino un recordatorio de que el pasado no es un libro cerrado, sino un espejo que nos desafía a mirar el presente con más atención.

Antonio Retamero

Periodista especializado en política, actualidad, sucesos y sociedad. Se encarga de la cobertura informativa diaria, la redacción de noticias y el seguimiento de temas de interés público.

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